Título del libro: Cómo conquistar al diablo
Autor: Teresa Medeiros
ISBN: 9788492916214
Editorial: TITANIA
PRIMER CAPÍTULO: "Cómo conquistar al diablo" de Teresa Medeiros
Capítulo 1
Fíjate, está como un flan! Ay, la muchacha tiembla de alegría.
—¿Y quién va a culparla? Seguro que lleva toda la vida soñando
con este día.
—Pues claro, ¿no es el sueño de toda chiquilla, casarse con un señor
rico que pueda pagar todos sus caprichos?
—Debería considerarse afortunada de haber atrapado tan buen
partido. Con todas esas pecas, no es que sea una gran belleza.
—¡Me atrevería a apostar que ni todo un pote de Gowland’s Lotion
podría disimularlas! Y ese tono cobrizo del pelo le da un aspecto
un tanto vulgar, ¿no te parece? He oído que el conde la conoció en
Londres durante su tercera y última temporada, cuando ya casi había
perdido toda esperanza de encontrar marido. Y es que, caramba, dicen
que ya tiene veintiuno.
—¡No puede ser tan mayor!
—Pues, sí, eso he oído. Estaba a punto de quedarse para vestir santos,
así de claro, cuando nuestro señor la descubrió, sentada con las
solteronas empedernidas, y mandó a uno de sus hombres a que la sacara
a bailar.
Aunque Emmaline Marlowe mantenía la mirada al frente y se esforzaba
con valentía en hacer oídos sordos a los ávidos cuchicheos de
las dos mujeres del primer banco de la abadía, no podía negar la verdad
en sus palabras.Sí, llevaba toda la vida soñando con este día.
Soñando con llegar un día al altar y prometer fidelidad eterna al
hombre a quien adoraba, y entregarle el corazón. Nunca había logrado
ver con claridad su rostro en esos sueños vagos, pero no podía negarse
que la pasión ardía en estos momentos en los ojos del conde, mientras
juraba amarla, honrarla y respetarla el resto de sus días.
Bajó la mirada al ramo de brezo seco que temblaba en su mano, agradecida
de que los sonrientes curiosos que llenaban las hileras de bancos
estrechos, a ambos lados del pasillo central de la iglesia, atribuyeran su
temblor a la expectación gozosa propia de cualquier joven novia a punto
de contraer matrimonio. Ella era la única que sabía que en realidad respondía
al frío que parecía impregnar las piedras antiguas de la abadía.
Y su corazón.
Echó una mirada furtiva al cementerio, situado tras las altas y estrechas
ventanas. El cielo se extendía inquietante sobre el valle con un
color peltre sin bruñir, digno de un día de pleno invierno más que de
una jornada de mediados de abril. Las ramas esqueléticas del roble y
del olmo aún no habían dado un solo brote verde. Del suelo pedregoso
surgían inestables lápidas torcidas, con epitafios gastados por el asalto
incesante del viento y la lluvia. Emma se preguntaba cuántas novias
como ella dormían ahora bajo tierra, en otro tiempo jóvenes llenas de
esperanzas y sueños, truncados demasiado pronto por decisiones ajenas
y el inexorable paso del tiempo.
Los riscos irregulares de la montaña se elevaban sobre el cementerio
como monumentos a una era primitiva. Esas alturas rigurosas de las
Highlands, donde el invierno no cedía su dominio obstinado, parecían
otro mundo, sin nada que ver con las colinas de suave ondulación de
Lancashire donde ella y sus hermanas disfrutaban retozando con completa
despreocupación. Esas colinas ahora estarían verdes y tiernas con
la promesa de la primavera, acogiendo de regreso al hogar a cualquier
trotamundos lo bastante loco como para abandonarlas.
Mi hogar, pensó Emma, con el corazón atravesado por una penetrante
punzada de anhelo. Un lugar al que ya no pertenecía desde
aquel día.
Dirigió una mirada de pánico por encima del hombro y encontró a
sus padres sentados en el banco de la familia Hepburn, sonriéndole
orgullosos, con ojos vidriosos de lágrimas. Era una buena chica. Una
hija consciente de sus deberes, en la que ellos siempre habían confiado
y a quien mostrar como ejemplo sólido para sus tres hermanas pequeñas.
Elberta, Edwina y Ernestina se apiñaban en el banco junto a su
madre, secándose con el pañuelo los ojos hinchados. Si Emma pudiera
convencerse de que era felicidad lo que hacía llorar a su familia, tal vez
hubiera soportado mejor sus lágrimas.
Nuevos cuchicheos de comadres interrumpieron sus pensamientos
cuando las mujeres reanudaron la conversación.
—¡Mírale! Sigue teniendo una figura asombrosa, ¿verdad que sí?
—¡Desde luego! Qué orgullo me hace sentir. Y se nota cómo adora
a esa muchacha.
Incapaz de negar aquel destino inevitable, Emma se volvió al altar y
alzó los ojos para encontrar la mirada de fervor del novio.
Luego bajó la vista al recordar que era quince centímetros más alta
que él.
El conde le dedicó una sonrisa tan amplia que casi se le sale la dentadura
de porcelana Wedgwood que tan mal se ajustaba a su boca. Sus
mejillas casi desaparecieron al aspirar de nuevo la dentadura hacia dentro,
con un sonoro estallido que pareció reverberar por toda la abadía
como un disparo. Emma tragó saliva con la esperanza de que las cataratas
que empeñaban sus legañosos ojos azules ofuscaran su visión lo
bastante como para tomar por una sonrisa su mueca de desagrado.
Su forma marchita estaba envuelta en todos los ropajes apropiados
a su condición de señor de las tierras de los Hepburn y jefe del clan del
mismo nombre. Una banda a cuadros rojos y negros casi engullía sus
hombros encogidos. La falda a juego revelaba unas rodillas tan huesudas
como un par de pomos de marfil y una escarcela raída colgaba entre
sus piernas; la cartera ceremonial estaba pelada en algunos trozos, igual
que su cráneo.
Las dos viejecitas cuchicheantes tenían razón, se recordó Emma
con severidad. El hombre era un conde, un noble extremadamente poderoso
de quien se rumoreaba que contaba con el respeto de los pares
del reino así como con la confianza del rey.
El deber de Emma para con su familia —y su fortuna cada vez más
limitada— era aceptar la petición de mano del conde. Al fin y al cabo,
su padre no era culpable de la desgracia de tener un montón de hijas en
vez de la bendición de unos cuantos muchachotes que salieran a hacer
fortuna por el mundo. Que Emma atrajera la atención del conde de
Hepburn cuando ya asumía una aburrida soltería había sido un golpe
de extraordinaria suerte para todos ellos. Gracias a la dote acordada,
que el conde ya había otorgado a su padre, la madre y hermanas nunca
tendrían que volver a despertarse en medio de la noche con el barullo
aterrador de los acreedores golpeando la puerta de su destartalada casa
solariega, ni tendrían que pasar todo el día temiendo que les metieran
en el asilo de pobres.
Emma tal vez fuera la más guapa de las hermanas Marlowe, pero no
era tan atractiva como para permitirse rechazar a un pretendiente tan
ilustre. Durante el espantoso viaje hasta este rincón aislado de las
Highlands, su madre había comentado con alegría resuelta cada uno de
los detalles del inminente enlace. Cuando llegaron por fin a las ondulantes
estribaciones, y el hogar del conde hizo aparición, sus hermanas
soltaron un resuello de admiración, como se esperaba de ellas, sin percatarse
de que su fingida envidia era más dolorosa para Emma que la
compasión manifiesta.
Nadie negaba el esplendor del antiguo castillo alojado bajo la sombra
del risco majestuoso de Ben Nevis, cubierto de nieve: un castillo
que había acogido a los señores Hepburn y sus esposas durante siglos.
Cuando acabara el día, Emma sería la señora del castillo así como la
desposada del conde.
Mientras miraba pestañeante al novio, se esforzó por transformar
su mueca en una sonrisa genuina. El viejo había sido la amabilidad personificada
con ella y su familia desde la primera vez que la vio al otro
lado de aquel salón de actos concurrido, durante uno de los últimos
bailes de la Temporada. En vez de enviar un emisario en su nombre, el
anciano había hecho todo el trayecto hasta Lancashire él mismo para
cortejarla y recibir la bendición de su padre.
Se había comportado como un verdadero noble durante sus visitas,
sin un solo comentario despreciativo acerca del destartalado salón con
alfombra gastada, papel pintado despegado y mobiliario dispar, ni miradas
desdeñosa a sus vestidos zurcidos y pasados de moda. A juzgar
por su encanto distinguido y actitud gentil, cualquiera hubiera pensado
que se encontraba tomando el té en Carlton House con el príncipe regente.
Había tratado a Emma como si ya fuera una condesa, no la hija
mayor de un baronet empobrecido, a quien una apuesta poco meditada
llevaría cualquier día al asilo de pobres. Y nunca había venido con
las manos vacías. Un paso detrás del conde siempre aparecía un lacayo
de rostro severo, con brazos fornidos cargados de presentes: abanicos
pintados a mano, cuentas de cristal y fuentes de colores a la
moda para las hermanas de Emma. Jabón francés de fragancia de lavanda
para su madre, botellas del mejor whisky escocés para su papá y
ediciones encuadernadas en cuero de Canciones de inocencia de William
Blake o la última novela de Fanny Burney para la propia Emma.
Tal vez fueran sólo baratijas para un hombre con los medios del
conde, pero tales lujos habían escaseado en casa de los Marlowe durante
mucho tiempo. Su generosidad había aportado un rubor de placer
a las mejillas pálidas de su madre y provocado chillidos de deleite
genuino en las hermanas.
Emma debía a este hombre su gratitud y lealtad, por no decir su
corazón.
Aparte, ¿cuánto podía vivir?, pensó con una punzada desesperada
de culpabilidad.
Aunque corría el rumor de que el conde tenía casi ochenta años,
parecía más próximo a los ciento cincuenta. A juzgar por la palidez
grisácea y el hipo tísico que acompañaba cada una de sus respiraciones,
tal vez no sobreviviera a la noche de bodas. Mientras una ráfaga fétida
de esa respiración llegaba a su nariz, Emma se tambaleó, temiendo no
sobrevivir tampoco ella misma a esa noche.
Casi como si hubiera leído los sombríos pensamientos de la joven,
una de las mujeres sentadas en el primer banco, susurró con remilgo:
—No puede negarse que nuestro señor, sin duda, tendrá amplia
experiencia en satisfacer a una mujer.
Su compañera no logró ahogar un resoplido bastante porcino.
—Desde luego, debería ser así. Sobre todo después de sobrevivir a
tres esposas y todos los niños que hicieron juntos, por no mencionar a
toda una pandilla de queridas.
La imagen del anciano novio besándole los labios en una torpe parodia
de pasión provocó un nuevo estremecimiento en Emma. Todavía
no se había recuperado de las instrucciones dolorosamente concienzudas
que su madre le había impartido sobre lo que cabía esperar de ella
en la noche de bodas. Como si el acto descrito no fuera bastante horrible
o humillante, también le había explicado que si apartaba la cara a un
lado y se meneaba debajo del conde, los esfuerzos del anciano acabarían
mucho más deprisa. Si sus atenciones resultaban demasiado arduas,
tendría que cerrar los ojos y pensar en algo agradable, como algún amanecer
especialmente bonito o en galletas azucaradas recién hechas. Una
vez el conde acabara con ella, ya tendría libertad de bajarse las faldas
del camisón e irse a dormir.
Libertad, repitió el corazón de Emma con una palpitación desesperada.
Después de este día ya no volvería a ser libre.
Apartó la mirada del rostro esperanzado del novio y encontró al
sobrino nieto del conde observándola con hostilidad. Ian Hepburn era
la única persona en la abadía que parecía tan infeliz como ella. Con su
alta frente romana, mentón con hoyuelo y oscuro pelo lacio recogido
en una coleta satinada en la nuca, debería ser un hombre guapo. Pero
este día, la belleza clásica de sus rasgos estaba teñida de una emoción
que se aproximaba de forma peligrosa al odio. No aprobaba esta boda,
pues sin duda temía que el núbil cuerpo joven de Emma daría un nuevo
heredero a Hepburn y le privaría de su herencia.
Mientras el pastor seguía con la cantinela, leyendo del libro litúrgico
de la iglesia de Escocia, Emma miró otra vez por encima del hombro
y vio que su madre volvía el rostro contra el abrigo de su padre como si
ya no pudiera aguantar más la ceremonia. Sus hermanas empezaban a
gimotear con más fuerza a cada minuto. La naricilla afilada de Ernestina
estaba tan rosa como la de un conejo y, a juzgar por el temblor violento
de su carnoso labio inferior, era sólo cuestión de momentos que
se pusiera a sollozar con todas sus fuerzas.
Pronto las divagaciones del pastor llegarían a su fin, dejando a
Emma sin otra opción que entregar su devoción y su cuerpo a este desconocido
marchito.
Con ojos aterrados, dirigió una mirada a su espalda, preguntándose
qué harían todos ellos si se levantaba el dobladillo de encaje de su vestido
de seda y se echaba a correr como una loca en dirección a la puerta.
Había oído numerosas moralejas sobre viajeros imprudentes que
desaparecían por las tierras salvajes de las Highlands, sin volver a ser
vistos, sin que se supiera más de ellos. En este momento, sonaba como
una perspectiva de lo más tentadora. Al fin y al cabo, no parecía que su
novio decrépito pudiera perseguirla, echársela encima del hombro y
traerla a rastras de regreso al altar.
Como para poner en relieve ese hecho, el conde empezó a pronunciar
sus votos con voz ronca. Acabó demasiado pronto, y entonces el
pastor le miró a ella con expectación.
Como todo el mundo en la abadía.
Dado que su silencio se prolongaba, una de las mujeres no tuvo
reparo en murmurar:
—Ay, la pobre chiquilla está abrumada por la emoción.
—Si se desvanece, y él intenta sujetarla, se romperá la espalda —susurró
su acompañante.
Emma abrió la boca, luego volvió a cerrarla. La tenía seca como el
algodón, se vio obligada a humedecerse los labios con la punta de la
lengua antes de hacer otra intentona de hablar. El pastor la miró pestañeante
desde detrás de sus gafas de montura de acero, y la compasión
en sus amables ojos marrones casi le provoca unas peligrosas ganas de
llorar.
Emma volvió a mirar por encima del hombro, pero esta vez su mirada
no captó a su madre y hermanas sino a su papá.
La expresión de súplica en sus ojos era inconfundible. Ojos del
mismo azul oscuro que los suyos. Ojos que durante demasiado tiempo
habían parecido obsesionados y atormentados. Juraría casi que el
temblor en sus manos había aminorado desde que el conde había firmado
el contrato prematrimonial. No le había visto estirar la mano
para buscar la petaca que siempre llevaba en el bolsillo del chaleco ni
siquiera una vez desde que ella había aceptado la proposición del
conde.
En aquella sonrisa que la alentaba a seguir, entrevió a otro hombre,
un hombre más joven de mirada clara y manos firmes cuyo aliento olía
a menta en vez de a licor. Aquel hombre solía agacharse y montarla
sobre sus hombros para darle una cabalgada vertiginosa, que la hacía
sentirse la reina de todo lo que contemplaba, en vez de una mocosa
asquerosa con las rodillas despellejadas y una sonrisa que revelaba su
dentadura irregular.
También vio algo en los ojos de su padre que no había visto desde
hacía mucho tiempo... esperanza.
Emma se volvió de nuevo al novio y se enderezó. Pese a lo que
pensaran los mirones, no era su intención llorar o desvanecerse. Siempre
se había enorgullecido de estar hecha de materia más dura. Si tenía
que casarse con este conde para asegurar el futuro y la fortuna de su
familia, pues claro que se casaría con él. Y se esforzaría por ser la mejor
esposa y condesa que él pudiera pagar con su riqueza y título.
Empezó a abrir la boca, preparada para prometer amarle, respetarle
y obedecerle, en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte les separara...
cuando las puertas dobles de roble ribeteado de hierro de la parte
posterior de la abadía se abrieron con un estruendo y dejaron entrar
una ráfaga de aire invernal y a una docena de hombres armados.
La abadía estalló en un coro de chillidos y jadeos de sorpresa. Los
hombres se desplegaron en abanico entre los bancos, con rostros sin
rasurar y expresiones adustas, llenas de decisión. Sostenían pistolas listas
para sofocar cualquier señal de resistencia.
En vez de miedo, Emma notó una llama ridícula de esperanza encendiéndose
en su corazón.
Una vez disminuyó la protesta inicial, Ian Hepburn salió con coraje
al pasillo central de la abadía y se colocó entre los cañones intimidantes
de las armas de los intrusos y su tío abuelo.
—¿Qué significa todo esto? —gritó en un tono cortante que resonó
en la bóveda del techo—. ¿No mostráis respeto por la casa del Señor,
salvajes?
—¿Y qué señor es ése? —respondió un hombre, con una cadencia
escocesa tan profunda y rica que provocó un escalofrío involuntario en
la columna de Emma—. El que formó estas montañas con su propias
manos o el que cree que ha nacido con derecho a gobernarlas?
Al igual que todos los presentes, la novia soltó un resuello cuando
el dueño de esa voz cruzó el umbral de la puerta de la abadía con un
imponente caballo negro. Un murmullo de conmoción se elevó mientras
los invitados a la boda se encogían en su bancos, reflejando en sus
miradas ávidas la misma cantidad de miedo y de fascinación. Por extraño
que pareciera, lo que tenía hipnotizados los ojos de Emma no era la
bestia magnífica de pecho fornido y crin ondeante de ébano sino el
hombre que montaba a lomos del imponente corcel.
La espesa melena azabache dividida por la mitad enmarcaba su rostro
bronceado por el sol, en sorprendente contraste con el verde glacial
de sus ojos. Pese al día frío, sólo llevaba una falda de lana verde y negra,
un par de botas acordonadas y un chaleco sin mangas de vapuleado
cuero marrón que dejaba expuesto a los elementos su pecho amplio y
liso. Manejaba el animal como si hubiera nacido para esta silla, y sus
hombros poderosos y antebrazos musculosos apenas daban muestras
de tensión mientras guiaba el caballo por el pasillo, obligando a Ian a
retroceder tropezando para no verse pisoteado por los cascos mortíferos
del animal.
A su lado, Emma oyó al conde sisear:
—¡Sinclair!
Se volvió y encontró el rostro de su anciano novio teñido de rubor
y crispado de odio. A juzgar por la vena púrpura y turgente que pulsaba
en su sien, tal vez no sobreviviera a la ceremonia, qué decir a la
noche de bodas.
—Perdónenme por interrumpir en un momento tan tierno —dijo
el intruso sin rastro de remordimiento, mientras tiraba de las riendas
para que su montura se detuviera a medio pasillo con un brinco—. No
pensarían que iba a descuidar presentar mis respetos en una ocasión tan
señalada. Mi invitación se habrá perdido.
El conde blandió el puño en su dirección, pese a sus problemas de
movilidad.
—La única invitación que un Sinclair puede recibir de mí es una
orden de arresto del magistrado y una cita del verdugo.
Como reacción a la amenaza, el intruso se limitó a arquear un ceja
con desconcierto.
—Tenía muchas esperanzas de que la siguiente vez que traspasaras
la puerta de esta abadía fuera para tu funeral, no para otra boda. Pero
siempre has sido un viejo calentón. Tenía que haber sabido que no te
resistirías a comprar otra novia para calentar tu cama.
Por primera vez desde su llegada a la abadía, la mirada burlona del
desconocido se desplazó a ella. Incluso una mirada tan breve fue suficiente
para provocar un sonrojo ardiente en las mejillas de Emma,
sobre todo teniendo en cuenta que sus palabras resonaban con una verdad
innegable y condenatoria.
Esta vez casi fue un alivio que Ian Hepburn intentara imponerse
una vez más entre ellos.
—Puedes burlarte de nosotros y fingir que estás vengando a tus
antepasados como siempre haces —dijo con un gesto desdeñoso que
torcía su labio superior—, pero todo el mundo en esta montaña sabe
que los Sinclair nunca han sido nada más que vulgares asesinos y ladrones.
Si tú y tus rufianes habéis venido a despojar a los invitados de mi
tío de sus joyas y carteras, ¿por qué no os ponéis manos a la obra sin
malgastar tu aliento ni nuestro tiempo?
Con fuerza sorprendente, el novio de Emma se abrió paso a empujones,
casi derribándola.
—No necesito a mi sobrino para librar mis batallas. No le tengo
miedo a un mocoso insolente como tú, Jamie Sinclair —ladró, pasando
junto a su sobrino con el puño huesudo todavía levantado—. ¡Muestra
de qué calaña eres!
—Oh, no he venido a por ti, viejo. —Una sonrisa perezosa curvó
los labios del intruso mientras sacaba una reluciente pistola negra de la
cinturilla de su falda a cuadros y la apuntaba al corpiño blanco como la
nieve del vestido de Emma—. He venido a por tu novia.
Fíjate, está como un flan! Ay, la muchacha tiembla de alegría.
—¿Y quién va a culparla? Seguro que lleva toda la vida soñando
con este día.
—Pues claro, ¿no es el sueño de toda chiquilla, casarse con un señor
rico que pueda pagar todos sus caprichos?
—Debería considerarse afortunada de haber atrapado tan buen
partido. Con todas esas pecas, no es que sea una gran belleza.
—¡Me atrevería a apostar que ni todo un pote de Gowland’s Lotion
podría disimularlas! Y ese tono cobrizo del pelo le da un aspecto
un tanto vulgar, ¿no te parece? He oído que el conde la conoció en
Londres durante su tercera y última temporada, cuando ya casi había
perdido toda esperanza de encontrar marido. Y es que, caramba, dicen
que ya tiene veintiuno.
—¡No puede ser tan mayor!
—Pues, sí, eso he oído. Estaba a punto de quedarse para vestir santos,
así de claro, cuando nuestro señor la descubrió, sentada con las
solteronas empedernidas, y mandó a uno de sus hombres a que la sacara
a bailar.
Aunque Emmaline Marlowe mantenía la mirada al frente y se esforzaba
con valentía en hacer oídos sordos a los ávidos cuchicheos de
las dos mujeres del primer banco de la abadía, no podía negar la verdad
en sus palabras.Sí, llevaba toda la vida soñando con este día.
Soñando con llegar un día al altar y prometer fidelidad eterna al
hombre a quien adoraba, y entregarle el corazón. Nunca había logrado
ver con claridad su rostro en esos sueños vagos, pero no podía negarse
que la pasión ardía en estos momentos en los ojos del conde, mientras
juraba amarla, honrarla y respetarla el resto de sus días.
Bajó la mirada al ramo de brezo seco que temblaba en su mano, agradecida
de que los sonrientes curiosos que llenaban las hileras de bancos
estrechos, a ambos lados del pasillo central de la iglesia, atribuyeran su
temblor a la expectación gozosa propia de cualquier joven novia a punto
de contraer matrimonio. Ella era la única que sabía que en realidad respondía
al frío que parecía impregnar las piedras antiguas de la abadía.
Y su corazón.
Echó una mirada furtiva al cementerio, situado tras las altas y estrechas
ventanas. El cielo se extendía inquietante sobre el valle con un
color peltre sin bruñir, digno de un día de pleno invierno más que de
una jornada de mediados de abril. Las ramas esqueléticas del roble y
del olmo aún no habían dado un solo brote verde. Del suelo pedregoso
surgían inestables lápidas torcidas, con epitafios gastados por el asalto
incesante del viento y la lluvia. Emma se preguntaba cuántas novias
como ella dormían ahora bajo tierra, en otro tiempo jóvenes llenas de
esperanzas y sueños, truncados demasiado pronto por decisiones ajenas
y el inexorable paso del tiempo.
Los riscos irregulares de la montaña se elevaban sobre el cementerio
como monumentos a una era primitiva. Esas alturas rigurosas de las
Highlands, donde el invierno no cedía su dominio obstinado, parecían
otro mundo, sin nada que ver con las colinas de suave ondulación de
Lancashire donde ella y sus hermanas disfrutaban retozando con completa
despreocupación. Esas colinas ahora estarían verdes y tiernas con
la promesa de la primavera, acogiendo de regreso al hogar a cualquier
trotamundos lo bastante loco como para abandonarlas.
Mi hogar, pensó Emma, con el corazón atravesado por una penetrante
punzada de anhelo. Un lugar al que ya no pertenecía desde
aquel día.
Dirigió una mirada de pánico por encima del hombro y encontró a
sus padres sentados en el banco de la familia Hepburn, sonriéndole
orgullosos, con ojos vidriosos de lágrimas. Era una buena chica. Una
hija consciente de sus deberes, en la que ellos siempre habían confiado
y a quien mostrar como ejemplo sólido para sus tres hermanas pequeñas.
Elberta, Edwina y Ernestina se apiñaban en el banco junto a su
madre, secándose con el pañuelo los ojos hinchados. Si Emma pudiera
convencerse de que era felicidad lo que hacía llorar a su familia, tal vez
hubiera soportado mejor sus lágrimas.
Nuevos cuchicheos de comadres interrumpieron sus pensamientos
cuando las mujeres reanudaron la conversación.
—¡Mírale! Sigue teniendo una figura asombrosa, ¿verdad que sí?
—¡Desde luego! Qué orgullo me hace sentir. Y se nota cómo adora
a esa muchacha.
Incapaz de negar aquel destino inevitable, Emma se volvió al altar y
alzó los ojos para encontrar la mirada de fervor del novio.
Luego bajó la vista al recordar que era quince centímetros más alta
que él.
El conde le dedicó una sonrisa tan amplia que casi se le sale la dentadura
de porcelana Wedgwood que tan mal se ajustaba a su boca. Sus
mejillas casi desaparecieron al aspirar de nuevo la dentadura hacia dentro,
con un sonoro estallido que pareció reverberar por toda la abadía
como un disparo. Emma tragó saliva con la esperanza de que las cataratas
que empeñaban sus legañosos ojos azules ofuscaran su visión lo
bastante como para tomar por una sonrisa su mueca de desagrado.
Su forma marchita estaba envuelta en todos los ropajes apropiados
a su condición de señor de las tierras de los Hepburn y jefe del clan del
mismo nombre. Una banda a cuadros rojos y negros casi engullía sus
hombros encogidos. La falda a juego revelaba unas rodillas tan huesudas
como un par de pomos de marfil y una escarcela raída colgaba entre
sus piernas; la cartera ceremonial estaba pelada en algunos trozos, igual
que su cráneo.
Las dos viejecitas cuchicheantes tenían razón, se recordó Emma
con severidad. El hombre era un conde, un noble extremadamente poderoso
de quien se rumoreaba que contaba con el respeto de los pares
del reino así como con la confianza del rey.
El deber de Emma para con su familia —y su fortuna cada vez más
limitada— era aceptar la petición de mano del conde. Al fin y al cabo,
su padre no era culpable de la desgracia de tener un montón de hijas en
vez de la bendición de unos cuantos muchachotes que salieran a hacer
fortuna por el mundo. Que Emma atrajera la atención del conde de
Hepburn cuando ya asumía una aburrida soltería había sido un golpe
de extraordinaria suerte para todos ellos. Gracias a la dote acordada,
que el conde ya había otorgado a su padre, la madre y hermanas nunca
tendrían que volver a despertarse en medio de la noche con el barullo
aterrador de los acreedores golpeando la puerta de su destartalada casa
solariega, ni tendrían que pasar todo el día temiendo que les metieran
en el asilo de pobres.
Emma tal vez fuera la más guapa de las hermanas Marlowe, pero no
era tan atractiva como para permitirse rechazar a un pretendiente tan
ilustre. Durante el espantoso viaje hasta este rincón aislado de las
Highlands, su madre había comentado con alegría resuelta cada uno de
los detalles del inminente enlace. Cuando llegaron por fin a las ondulantes
estribaciones, y el hogar del conde hizo aparición, sus hermanas
soltaron un resuello de admiración, como se esperaba de ellas, sin percatarse
de que su fingida envidia era más dolorosa para Emma que la
compasión manifiesta.
Nadie negaba el esplendor del antiguo castillo alojado bajo la sombra
del risco majestuoso de Ben Nevis, cubierto de nieve: un castillo
que había acogido a los señores Hepburn y sus esposas durante siglos.
Cuando acabara el día, Emma sería la señora del castillo así como la
desposada del conde.
Mientras miraba pestañeante al novio, se esforzó por transformar
su mueca en una sonrisa genuina. El viejo había sido la amabilidad personificada
con ella y su familia desde la primera vez que la vio al otro
lado de aquel salón de actos concurrido, durante uno de los últimos
bailes de la Temporada. En vez de enviar un emisario en su nombre, el
anciano había hecho todo el trayecto hasta Lancashire él mismo para
cortejarla y recibir la bendición de su padre.
Se había comportado como un verdadero noble durante sus visitas,
sin un solo comentario despreciativo acerca del destartalado salón con
alfombra gastada, papel pintado despegado y mobiliario dispar, ni miradas
desdeñosa a sus vestidos zurcidos y pasados de moda. A juzgar
por su encanto distinguido y actitud gentil, cualquiera hubiera pensado
que se encontraba tomando el té en Carlton House con el príncipe regente.
Había tratado a Emma como si ya fuera una condesa, no la hija
mayor de un baronet empobrecido, a quien una apuesta poco meditada
llevaría cualquier día al asilo de pobres. Y nunca había venido con
las manos vacías. Un paso detrás del conde siempre aparecía un lacayo
de rostro severo, con brazos fornidos cargados de presentes: abanicos
pintados a mano, cuentas de cristal y fuentes de colores a la
moda para las hermanas de Emma. Jabón francés de fragancia de lavanda
para su madre, botellas del mejor whisky escocés para su papá y
ediciones encuadernadas en cuero de Canciones de inocencia de William
Blake o la última novela de Fanny Burney para la propia Emma.
Tal vez fueran sólo baratijas para un hombre con los medios del
conde, pero tales lujos habían escaseado en casa de los Marlowe durante
mucho tiempo. Su generosidad había aportado un rubor de placer
a las mejillas pálidas de su madre y provocado chillidos de deleite
genuino en las hermanas.
Emma debía a este hombre su gratitud y lealtad, por no decir su
corazón.
Aparte, ¿cuánto podía vivir?, pensó con una punzada desesperada
de culpabilidad.
Aunque corría el rumor de que el conde tenía casi ochenta años,
parecía más próximo a los ciento cincuenta. A juzgar por la palidez
grisácea y el hipo tísico que acompañaba cada una de sus respiraciones,
tal vez no sobreviviera a la noche de bodas. Mientras una ráfaga fétida
de esa respiración llegaba a su nariz, Emma se tambaleó, temiendo no
sobrevivir tampoco ella misma a esa noche.
Casi como si hubiera leído los sombríos pensamientos de la joven,
una de las mujeres sentadas en el primer banco, susurró con remilgo:
—No puede negarse que nuestro señor, sin duda, tendrá amplia
experiencia en satisfacer a una mujer.
Su compañera no logró ahogar un resoplido bastante porcino.
—Desde luego, debería ser así. Sobre todo después de sobrevivir a
tres esposas y todos los niños que hicieron juntos, por no mencionar a
toda una pandilla de queridas.
La imagen del anciano novio besándole los labios en una torpe parodia
de pasión provocó un nuevo estremecimiento en Emma. Todavía
no se había recuperado de las instrucciones dolorosamente concienzudas
que su madre le había impartido sobre lo que cabía esperar de ella
en la noche de bodas. Como si el acto descrito no fuera bastante horrible
o humillante, también le había explicado que si apartaba la cara a un
lado y se meneaba debajo del conde, los esfuerzos del anciano acabarían
mucho más deprisa. Si sus atenciones resultaban demasiado arduas,
tendría que cerrar los ojos y pensar en algo agradable, como algún amanecer
especialmente bonito o en galletas azucaradas recién hechas. Una
vez el conde acabara con ella, ya tendría libertad de bajarse las faldas
del camisón e irse a dormir.
Libertad, repitió el corazón de Emma con una palpitación desesperada.
Después de este día ya no volvería a ser libre.
Apartó la mirada del rostro esperanzado del novio y encontró al
sobrino nieto del conde observándola con hostilidad. Ian Hepburn era
la única persona en la abadía que parecía tan infeliz como ella. Con su
alta frente romana, mentón con hoyuelo y oscuro pelo lacio recogido
en una coleta satinada en la nuca, debería ser un hombre guapo. Pero
este día, la belleza clásica de sus rasgos estaba teñida de una emoción
que se aproximaba de forma peligrosa al odio. No aprobaba esta boda,
pues sin duda temía que el núbil cuerpo joven de Emma daría un nuevo
heredero a Hepburn y le privaría de su herencia.
Mientras el pastor seguía con la cantinela, leyendo del libro litúrgico
de la iglesia de Escocia, Emma miró otra vez por encima del hombro
y vio que su madre volvía el rostro contra el abrigo de su padre como si
ya no pudiera aguantar más la ceremonia. Sus hermanas empezaban a
gimotear con más fuerza a cada minuto. La naricilla afilada de Ernestina
estaba tan rosa como la de un conejo y, a juzgar por el temblor violento
de su carnoso labio inferior, era sólo cuestión de momentos que
se pusiera a sollozar con todas sus fuerzas.
Pronto las divagaciones del pastor llegarían a su fin, dejando a
Emma sin otra opción que entregar su devoción y su cuerpo a este desconocido
marchito.
Con ojos aterrados, dirigió una mirada a su espalda, preguntándose
qué harían todos ellos si se levantaba el dobladillo de encaje de su vestido
de seda y se echaba a correr como una loca en dirección a la puerta.
Había oído numerosas moralejas sobre viajeros imprudentes que
desaparecían por las tierras salvajes de las Highlands, sin volver a ser
vistos, sin que se supiera más de ellos. En este momento, sonaba como
una perspectiva de lo más tentadora. Al fin y al cabo, no parecía que su
novio decrépito pudiera perseguirla, echársela encima del hombro y
traerla a rastras de regreso al altar.
Como para poner en relieve ese hecho, el conde empezó a pronunciar
sus votos con voz ronca. Acabó demasiado pronto, y entonces el
pastor le miró a ella con expectación.
Como todo el mundo en la abadía.
Dado que su silencio se prolongaba, una de las mujeres no tuvo
reparo en murmurar:
—Ay, la pobre chiquilla está abrumada por la emoción.
—Si se desvanece, y él intenta sujetarla, se romperá la espalda —susurró
su acompañante.
Emma abrió la boca, luego volvió a cerrarla. La tenía seca como el
algodón, se vio obligada a humedecerse los labios con la punta de la
lengua antes de hacer otra intentona de hablar. El pastor la miró pestañeante
desde detrás de sus gafas de montura de acero, y la compasión
en sus amables ojos marrones casi le provoca unas peligrosas ganas de
llorar.
Emma volvió a mirar por encima del hombro, pero esta vez su mirada
no captó a su madre y hermanas sino a su papá.
La expresión de súplica en sus ojos era inconfundible. Ojos del
mismo azul oscuro que los suyos. Ojos que durante demasiado tiempo
habían parecido obsesionados y atormentados. Juraría casi que el
temblor en sus manos había aminorado desde que el conde había firmado
el contrato prematrimonial. No le había visto estirar la mano
para buscar la petaca que siempre llevaba en el bolsillo del chaleco ni
siquiera una vez desde que ella había aceptado la proposición del
conde.
En aquella sonrisa que la alentaba a seguir, entrevió a otro hombre,
un hombre más joven de mirada clara y manos firmes cuyo aliento olía
a menta en vez de a licor. Aquel hombre solía agacharse y montarla
sobre sus hombros para darle una cabalgada vertiginosa, que la hacía
sentirse la reina de todo lo que contemplaba, en vez de una mocosa
asquerosa con las rodillas despellejadas y una sonrisa que revelaba su
dentadura irregular.
También vio algo en los ojos de su padre que no había visto desde
hacía mucho tiempo... esperanza.
Emma se volvió de nuevo al novio y se enderezó. Pese a lo que
pensaran los mirones, no era su intención llorar o desvanecerse. Siempre
se había enorgullecido de estar hecha de materia más dura. Si tenía
que casarse con este conde para asegurar el futuro y la fortuna de su
familia, pues claro que se casaría con él. Y se esforzaría por ser la mejor
esposa y condesa que él pudiera pagar con su riqueza y título.
Empezó a abrir la boca, preparada para prometer amarle, respetarle
y obedecerle, en lo bueno y en lo malo, hasta que la muerte les separara...
cuando las puertas dobles de roble ribeteado de hierro de la parte
posterior de la abadía se abrieron con un estruendo y dejaron entrar
una ráfaga de aire invernal y a una docena de hombres armados.
La abadía estalló en un coro de chillidos y jadeos de sorpresa. Los
hombres se desplegaron en abanico entre los bancos, con rostros sin
rasurar y expresiones adustas, llenas de decisión. Sostenían pistolas listas
para sofocar cualquier señal de resistencia.
En vez de miedo, Emma notó una llama ridícula de esperanza encendiéndose
en su corazón.
Una vez disminuyó la protesta inicial, Ian Hepburn salió con coraje
al pasillo central de la abadía y se colocó entre los cañones intimidantes
de las armas de los intrusos y su tío abuelo.
—¿Qué significa todo esto? —gritó en un tono cortante que resonó
en la bóveda del techo—. ¿No mostráis respeto por la casa del Señor,
salvajes?
—¿Y qué señor es ése? —respondió un hombre, con una cadencia
escocesa tan profunda y rica que provocó un escalofrío involuntario en
la columna de Emma—. El que formó estas montañas con su propias
manos o el que cree que ha nacido con derecho a gobernarlas?
Al igual que todos los presentes, la novia soltó un resuello cuando
el dueño de esa voz cruzó el umbral de la puerta de la abadía con un
imponente caballo negro. Un murmullo de conmoción se elevó mientras
los invitados a la boda se encogían en su bancos, reflejando en sus
miradas ávidas la misma cantidad de miedo y de fascinación. Por extraño
que pareciera, lo que tenía hipnotizados los ojos de Emma no era la
bestia magnífica de pecho fornido y crin ondeante de ébano sino el
hombre que montaba a lomos del imponente corcel.
La espesa melena azabache dividida por la mitad enmarcaba su rostro
bronceado por el sol, en sorprendente contraste con el verde glacial
de sus ojos. Pese al día frío, sólo llevaba una falda de lana verde y negra,
un par de botas acordonadas y un chaleco sin mangas de vapuleado
cuero marrón que dejaba expuesto a los elementos su pecho amplio y
liso. Manejaba el animal como si hubiera nacido para esta silla, y sus
hombros poderosos y antebrazos musculosos apenas daban muestras
de tensión mientras guiaba el caballo por el pasillo, obligando a Ian a
retroceder tropezando para no verse pisoteado por los cascos mortíferos
del animal.
A su lado, Emma oyó al conde sisear:
—¡Sinclair!
Se volvió y encontró el rostro de su anciano novio teñido de rubor
y crispado de odio. A juzgar por la vena púrpura y turgente que pulsaba
en su sien, tal vez no sobreviviera a la ceremonia, qué decir a la
noche de bodas.
—Perdónenme por interrumpir en un momento tan tierno —dijo
el intruso sin rastro de remordimiento, mientras tiraba de las riendas
para que su montura se detuviera a medio pasillo con un brinco—. No
pensarían que iba a descuidar presentar mis respetos en una ocasión tan
señalada. Mi invitación se habrá perdido.
El conde blandió el puño en su dirección, pese a sus problemas de
movilidad.
—La única invitación que un Sinclair puede recibir de mí es una
orden de arresto del magistrado y una cita del verdugo.
Como reacción a la amenaza, el intruso se limitó a arquear un ceja
con desconcierto.
—Tenía muchas esperanzas de que la siguiente vez que traspasaras
la puerta de esta abadía fuera para tu funeral, no para otra boda. Pero
siempre has sido un viejo calentón. Tenía que haber sabido que no te
resistirías a comprar otra novia para calentar tu cama.
Por primera vez desde su llegada a la abadía, la mirada burlona del
desconocido se desplazó a ella. Incluso una mirada tan breve fue suficiente
para provocar un sonrojo ardiente en las mejillas de Emma,
sobre todo teniendo en cuenta que sus palabras resonaban con una verdad
innegable y condenatoria.
Esta vez casi fue un alivio que Ian Hepburn intentara imponerse
una vez más entre ellos.
—Puedes burlarte de nosotros y fingir que estás vengando a tus
antepasados como siempre haces —dijo con un gesto desdeñoso que
torcía su labio superior—, pero todo el mundo en esta montaña sabe
que los Sinclair nunca han sido nada más que vulgares asesinos y ladrones.
Si tú y tus rufianes habéis venido a despojar a los invitados de mi
tío de sus joyas y carteras, ¿por qué no os ponéis manos a la obra sin
malgastar tu aliento ni nuestro tiempo?
Con fuerza sorprendente, el novio de Emma se abrió paso a empujones,
casi derribándola.
—No necesito a mi sobrino para librar mis batallas. No le tengo
miedo a un mocoso insolente como tú, Jamie Sinclair —ladró, pasando
junto a su sobrino con el puño huesudo todavía levantado—. ¡Muestra
de qué calaña eres!
—Oh, no he venido a por ti, viejo. —Una sonrisa perezosa curvó
los labios del intruso mientras sacaba una reluciente pistola negra de la
cinturilla de su falda a cuadros y la apuntaba al corpiño blanco como la
nieve del vestido de Emma—. He venido a por tu novia.
Información proporcionada y propiedad de la Editorial Titania
Título del libro: Cómo conquistar al diablo
Autor: Teresa Medeiros
ISBN: 9788492916214
Editorial: TITANIA

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