Buscar en el Blog de la Librería NavLan

Cargando...

jueves, 15 de marzo de 2012

PRIMER CAPÍTULO: "Déjate llevar" de Candice Hern

CONOZCA A LAS VIUDAS ALEGRES, UNAS DAMAS RESPETABLES CON UN PACTO SECRETO: BUSCAR EL PLACER Y COMPARTIR ENTRE ELLAS TAN DELICIOSOS DETALLES…
 

"Déjate llevar" de Candice Hern 
Déjate llevar de Candice Hern
Título del libro: Déjate llevar
Autor: Candice Hern

ISBN:
9788498007657
Editorial: LA FACTORIA DE IDEAS

Comprar Déjate llevar de Candice Hern en Libreria Romantica NavLan
5% Descuento
VER RESUMEN DEL LIBRO: "Déjate llevar" de Candice Hern





PRIMER CAPÍTULO"Déjate llevar" de Candice Hern 

Prólogo
Londres, mayo de 1813
—No hay una sola mujer en Londres a la que no pueda llevarme a la
cama sin demasiado esfuerzo.
John Grayston, séptimo vizconde de Rochdale, estaba un poco
embriagado a causa de los efluvios del alcohol tras haber pasado la
última hora y media en la sala de cartas de la casa de los Oscott. Los
serviciales lacayos se encargaban de que su copa estuviera siempre
llena. Pero la afirmación que acababa de hacer no era un frívolo
alarde avivado por una excesiva cantidad de burdeos. Era un hecho,
simple y llanamente.
Su acompañante, lord Sheane, había comentado que algunas mujeres
jamás se dejarían engatusar para iniciar una aventura amorosa y
Rochdale no podía consentir que tal afirmación quedara sin rebatir.
Las mujeres, todas las mujeres, ardían en deseos de ser seducidas (algunas
abiertamente, otras sin ser conscientes de ello). No era un gran logro
llevarse a ninguna de ellas a la cama. Solo era necesario hacer una rápida
valoración de la partida para determinar si deseaban al gran amante o, por
el contrario, al conocido libertino. Su considerable experiencia en el tema
le decía que la mayoría de las mujeres de la alta sociedad se veían
intrigadas por la escandalosa naturaleza de su reputación, por las sucias
y desagradables historias a él asociadas, gran parte de las cuales eran
ciertas. Incluso las damas de mayor posición de la aristocracia disfrutaban
con la sensación de estar flirteando con el peligro.
No obstante, había unas pocas que simplemente lo deseaban por sus
habilidades amatorias. Sus indiferentes o torpes esposos las obligaban
a buscar la satisfacción sexual en otra parte, y a Rochdale le gustaba
estar allí para complacerlas.

Luego estaban aquellas que no sabían que lo deseaban, que por lo
general creían no querer tener nada que ver con él. Las que aborrecían
sus aventuras amorosas y sus escándalos y hacían todo lo que estuviera
en sus manos por evitarlo. Esas mujeres sí suponían un reto real. Pero,
una vez se lo proponía, nunca fracasaba a la hora de seducir a una de
esas mujeres supuestamente virtuosas.
No, no había sido un frívolo alarde. Sabía cómo hacer que cualquier
mujer lo deseara.
Lord Sheane entrecerró los ojos y observó a Rochdale por encima del
borde de su copa de vino.
—¿De veras? —Tuvo que elevar la voz para hacerse oír por encima
de la música de la sala de baile contigua y el alboroto de voces y risas en
la sala de cartas—. ¿Ninguna mujer de Londres se le resiste?
Rochdale se encogió de hombros. No era un tema que pudiera ser
objeto de debate. Por supuesto, un hombre como Sheane, con incipientes
barriga y papada, tacharía a Rochdale de arrogante antes que admitir
su propia envidia.
—¿Quiere que lo pongamos a prueba, amigo?
Rochdale arqueó una ceja.
—¿Disculpe?
—Ha dicho que podía seducir a cualquier mujer de Londres. —La
boca de lord Sheane adquirió una expresión desdeñosa—. ¿Está dispuesto
a demostrarlo?
Rochdale sintió un estremecimiento en la base de su columna
vertebral que le era muy familiar. La seductora e irresistible llamada de
una posible apuesta. Adoptando un aire de suprema indiferencia, dijo:
—¿Qué tiene en mente?
—Me apuesto a Albión a que puedo nombrarle una mujer a la que no
puede seducir.
¿Albión? Maldición. Sheane, el muy canalla, sabía que Rochdale había
codiciado tener ese caballo desde que ganara el segundo premio en
Oatlands el año anterior. Había intentando comprarle dos veces aquel
castrado zaino, pero Sheane se había negado a vendérselo. Albión era un
caballo ganador y la estrella de las caballerizas de Sheane. Y sin embargo
ahí estaba él, ofreciéndole el caballo en una apuesta que iba a perder. Era
demasiado bueno como para ser verdad. ¿Estaba tan bebido que no era
consciente de lo que estaba haciendo?
—¿Se ha lastimado Albión? —preguntó Rochdale—. Parece deseoso
de librarse de él.
Sheane echó la cabeza hacia atrás y rompió a reír.
—Maldita sea, es usted un bastardo arrogante. Tanto que estoy
seguro de que no tendrá ningún reparo en ofrecer a Serenity como parte
de la apuesta.
—¿Cree que puede arrebatarme a Serenity? —Rochdale rió entre
dientes—. No lo creo.
Serenity era su mejor caballo. Su caballo favorito. Aquella yegua
castaña había ganado más carreras que cualquier otro caballo de las
cuadras de Rochdale, incluida la carrera de Nottingham y dos copas en
Newmarket. Se cortaría un brazo antes que darle Serenity a lord Sheane.
Pero, por supuesto, si aceptaba la apuesta, tal cosa no ocurriría, pues
no podía perder.
—Si está tan seguro de sí mismo —dijo Sheane—, entonces no
tendrá ningún reparo en apostársela. Mi Albión contra su Serenity a
que no puede seducir a una mujer de mi elección. ¿Qué me dice?
Era demasiado fácil. Rochdale observó detenidamente a aquel tipo,
preguntándose qué tipo de as se estaba guardando en la manga. Rochdale
le había ganado una considerable cantidad de dinero aquella noche, pero,
para un jugador empedernido como Sheane, aquello no significaba nada.
Y sin duda lo recuperaría todo, y más, la noche siguiente o después. Así
era la vida de un jugador.
Pero un jugador nunca apostaba cuando tenía todas las de perder.
¿Qué estaba tramando?
Rochdale alzó la copa mientras uno de los lacayos se la llenaba de
nuevo y a continuación tomó un trago de burdeos.
—Supongo que tiene a una mujer en concreto en mente.
—Una o dos, a decir verdad.
Rochdale rompió a reír y varias cabezas se volvieron en su dirección.
Bajó la voz y dijo:
—¿Una o dos? ¿Cree que hay más de una mujer que pueda resistirse
a mis encantos?
—Su arrogancia será su perdición, Rochdale. Estoy seguro de que hay
varias mujeres en este baile a las que ni siquiera usted podría seducir.
—Entonces concretemos algo más la apuesta. La mujer en cuestión
tendrá que estar presente en el baile de esta noche. —No es que
albergara duda alguna al respecto, pero al menos así podría limitar el
ámbito de la apuesta a mujeres de su misma condición social. Rochdale
no alcanzaba a imaginar que en la sala de baile hubiese alguna mujer a
la que no pudiera seducir y llevársela a la cama. Resultaría un tanto
desagradable si la mujer elegida resultara ser un vejestorio arrugado y
encorvado, o que tuviera un rostro que su mera contemplación agriara
la leche, o, Dios no lo quisiera, la mujer de un amigo. Pero podría hacerlo.
Ante la perspectiva de poder añadir a Albión a sus caballerizas, podría
hacerlo.
—De acuerdo —dijo Sheane—. Una de las invitadas al baile. Excelente.
Bueno, esta es la apuesta: yo diré una mujer y usted tendrá que
seducirla. Si fracasa, me quedaré con Serenity. Si lo logra, se quedará
con Albión.
—¿De cuánto tiempo dispongo? Estas cosas llevan su tiempo, ya sabe.
Después de todo, debo seducirla, no violarla.
—¿Hasta el final de la temporada?
—Mmm. Eso son menos de dos meses. Puede que no sea tiempo
suficiente.
Sheane frunció el ceño.
—Santo Dios, me sorprende. Pensaba que usted era un maestro a la
hora de cortejar a mujeres y llevárselas a su cama. Y, aun así, ¿me dice
que dos meses no es tiempo suficiente?
—Un maestro sabe que la verdadera seducción puede llevar dos
minutos o dos años, dependiendo de la mujer. Algunas delicadas criaturas
requieren más tiempo que otras. Puesto que todavía desconozco la
identidad de la mujer, ¿cómo puedo decir cuánto me llevará?
Lord Sheane resopló.
—Debe marcarse un periodo de tiempo. ¿Cuál es la diversión de una
apuesta con un final abierto?
—Cierto. Fijemos una fecha entonces.
—No puede ser un periodo de años, Rochdale. Los caballos no
valdrán nada si lo dilatamos mucho. ¿Y si fijamos como fecha límite las
carreras de Goodwood? Tiene pensado que Serenity participe en la
Copa, ¿verdad? Si le lleva más de tres meses llevarse a la cama a una
mujer, entonces es que no es el hombre que afirma ser.
—De acuerdo, entonces. Goodwood será. Seduciré a la mujer que
usted elija para esa fecha o perderé a Serenity. Pero si lo logro antes de
esa carrera, le ganaré a Albión. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
Rochdale extendió la mano y Sheane se la estrechó con un entusiasmo
que no auguraba nada bueno. Rochdale no se fiaba de él. ¿Qué arpía
tenía pensado endosarle?
—Echemos un vistazo a la sala de baile —dijo Sheane—. ¿Le parece?
Lord Sheane dejó su copa vacía en una mesa auxiliar y se abrió paso
por entre el laberinto de mesas de la sala. Rochdale cogió su copa y se
terminó lo que quedaba del burdeos. Siguió a Sheane y vio que por el
camino este se detenía a hablar con varios caballeros que rompían a reír
y se volvían para mirar a Rochdale.
Maldición. Estaba dando a conocer la apuesta. Rochdale ya había tenido
suficientes escándalos públicos en su vida. No deseaba en modo alguno
seducir a una mujer bajo los atentos ojos de todos los jugadores de Londres.
Sin duda harían apuestas a su favor o en contra. ¿Cómo se suponía que iba
a seducir a una mujer si era de dominio público que una apuesta estaba en
juego? Ninguna mujer en su sano juicio sucumbiría en tales circunstancias.
Alcanzó a Sheane, que estaba riéndose con sir Giles Clitheroe.
—Me gustaría tener unas palabras con usted, Sheane.
Lo cogió de la manga y lo sacó de la sala.
Una vez se encontraron en el pasillo principal, Rochdale se volvió
hacia él y le dijo:
—No quiero que se dé a conocer la apuesta, Sheane.
—¿Desde cuándo se ha vuelto tan susceptible?
—Desde el momento en que me he apostado mi mejor caballo. No
dejaré que haga peligrar mis posibilidades pregonando la apuesta a los
cuatro vientos. —Bajó la voz cuando una pareja que iba conversando
pasó a su lado—. Si esa mujer se entera, es de suponer que no recibirá
de buen grado mis insinuaciones.
—Ah, pero usted dijo cualquier mujer de Londres. No, una corrección:
usted decidió que la apuesta solo abarcara a las mujeres que
acudieran al baile de esta noche. Pero no dijo nada de que pudieran o no
conocer la apuesta.
Rochdale acercó tanto la cara a la de Sheane que sus narices casi se
rozaron.
—Digamos que no consideraría un gesto muy deportivo que diera a
conocer la apuesta. ¿Entiende lo que le digo, señor?
Sheane alzó la mirada al techo y retrocedió un paso.
—Maldita sea, Rochdale, no hay necesidad de que me amenace. De
acuerdo, entonces. Prometo mantener la apuesta en secreto.
—¿Cuántos hombres de la sala de cartas lo saben ya?
Sheane suspiró.
—Clitheroe, Dewesbury y Haltwhistle.
—¡Maldita sea! ¿Saben qué mujer va a elegir?
—No.
—Bien. Dejémoslo así. ¿Ha quedado claro?
—Sí, sí. Menuda vieja rezongona que se ha vuelto, Rochdale. Pero
supongo que el asunto de Serena Underwood del año pasado le ha
vuelto más receloso.
Rochdale no iba a dejarse atormentar por el recuerdo de su más
escandalosa indiscreción.
—Elija a la mujer, Sheane. Deje que vea con mis propios ojos lo
sencillo que va a ser.
—De acuerdo, entonces.
Observó la sala, que estaba llena de bellas jóvenes con vestidos
blancos que sonreían a los hombres que eran su pareja de baile en
aquella danza folclórica. Sheane no escogería a una de ellas. También
había el mismo número de mujeres maduras, madres y carabinas de
las bellas jóvenes que bailaban. Algunas de ellas eran bonitas. La
belleza de otras estaba en clara decadencia. ¿Escogería Sheane a
alguna de ellas? También había viudas con aspecto de ancianas,
ataviadas con turbantes con plumas y arremolinadas en grupos junto
a las paredes de la sala. Que Dios lo ayudara si Sheane escogía a alguna
de ellas. Y también estaban los patitos feos del baile, solteronas
entradas en años tras demasiadas temporadas sin conseguir pretendiente
o jóvenes demasiado poco agraciadas como para conseguir una
pareja de baile.
Rochdale observó a cada una de ellas, sopesando cómo cortejarlas,
independientemente de cuán desagradable pudiera resultarle tal cosa.
—Ella —anunció Sheane—. La escojo a ella.
Rochdale siguió su mirada y gimió en voz alta.
—¿La señora Marlowe? ¿La viuda del obispo?
—La misma. Ese será su reto, Rochdale. Y menudo reto. —Rió
socarronamente y con regocijo mientras Grace Marlowe pasaba en ese
momento a su lado, conversando con lady Gosforth. Miró en su dirección
y vio que Rochdale la estaba mirando. Frunció el ceño a modo de
desaprobación y se volvió.
Rochdale, indignado, negó con la cabeza. Debería haber sabido que
Sheane escogería a la mujer más remilgada y recatada de toda la sala.
La mojigata más puritana que existiera sobre la faz de la tierra. La viuda
de ese viejo charlatán, el obispo Marlowe. ¡Por el amor de Dios!
Grace Marlowe era joven y atractiva, eso era cierto. Si no supiese quién
era, Rochdale la encontraría sin duda sugerente, con aquellos cabellos
dorados como la miel, esos ojos grises y ese perfil tan perfectamente
esculpido. Pero la conocía, y la belleza no podía cambiar el hecho de que
ella era la viuda del obispo Marlowe, aclamada y conocida por todos como
una buena mujer. Una mujer piadosa de Dios. Hacedora de buenas obras.
El tipo de mujer que despreciaba a los hombres como él.
Pero en su larga trayectoria había echado abajo las defensas de más
de una de esas mujeres denominadas virtuosas. Sabía cómo sortear sus
refinados escrúpulos y tenaz moralidad. Grace Marlowe sería un caso
más difícil, pero no tenía duda de su triunfo.
—Todo un reto, sí —dijo—. No disfrutaré con ello, pero la seduciré.
Sheane arqueó las cejas.
—¿Está seguro de ello?
—Lo estoy. No tengo intención alguna de entregarle a mi mejor
caballo. Y estoy deseando tener su caballo castrado. Le diré al encargado
de las cuadras que vaya haciéndole hueco.
—Yo no estaría tan seguro, Rochdale. Esa mujer no se dejará seducir.
Se lo garantizo.
—Sí, lo hará. —Observó como Grace Marlowe se alejaba y detectó un
leve balanceo de sus caderas bajo la seda de sus faldones—. Será uno de
esos casos delicados que llevará más tiempo que los demás. Pero será
mía antes de Goodwood. Se lo garantizo.

1
Twickenham, junio de 1813
No se dejaría llevar por el pánico. Grace Marlowe jamás se dejaba llevar
por el pánico. Se enorgullecía de su inquebrantable compostura en
cualquier situación. Incluso mientras observaba como el carruaje de sus
amigos desaparecía de su campo de visión y la dejaba sola en la noche
y en una casa de campo a dos horas de Londres con el peor libertino de
toda Inglaterra, se negaba a caer presa del pánico.
Grace permaneció en la entrada y no se movió de allí. El aire de la
noche había refrescado y ya hacía tiempo que había perdido de vista el
carruaje, pero no se volvió. Él estaba detrás de ella, lord Rochdale. Podía
sentir su presencia como un viento adverso a sus espaldas; podía sentir
sus ojos fijos en ella, observándola, juzgándola, mofándose de su
persona.
Aquellos ojos azules llevaban semanas acosándola. En los bailes y
conciertos a los que había acudido parecían buscarla, seguirla, obligarla
a devolverles la mirada. Nunca lo hacía, por supuesto. Era un hombre
horrible con una reputación horrible. Había seducido a innumerables
mujeres y arruinado por completo la vida de al menos una. Grace no
alcanzaba a imaginar qué posible interés podía tener en una mujer como
ella, una mujer de elevada moral e impecable decoro, pero su perturbadora
mirada parecía seguirla a todas partes. No tenía ninguna intención,
sin embargo, de darle la satisfacción de dejarle ver ni el más leve atisbo
de turbación.
Al principio había dado por sentado que tan solo estaba lanzándole
miradas lascivas como hacía con todas las mujeres de edad inferior a los
noventa años, y lo había ignorado por completo. Pero él no se había sentido
rechazado, y sus continuas atenciones habían comenzado a irritarla seriamente,
a asustarla un poco incluso. En un acto social podía darse la vuelta
y fingir no percatarse de su presencia. Pero allí…
—Bueno. —Su voz sonó grave y teñida de mofa—. Qué interesante
rumbo han tomado los acontecimientos, ¿no le parece, señora Marlowe?
Ha sido tristemente abandonada por sus amigos, que la han dejado sola
aquí. Conmigo. Tienen que tener una gran fe en sus recursos. O en mi
compostura. Y aquí estamos, usted y yo, con esta casa toda para
nosotros. ¿Qué hacemos?
Grace se volvió y se detuvo en seco al ver que estaba más cerca de ella
de lo que se había esperado en un primer momento. Su proximidad a
punto estuvo de hacerle perder el equilibrio. Estiró los brazos por acto
reflejo para mantenerse en pie y sus manos se toparon con los botones
del chaleco de lord Rochdale. Este rió levemente cuando ella apartó las
manos a toda prisa y dio un paso atrás.
Lord Rochdale le sacaba media cabeza y seguía lo suficientemente
cerca como para alzarse amenazante sobre ella, de modo que Grace dio
otro paso atrás e intentó recobrar la calma. Se ajustó las faldas de su
vestido para que sus manos tuvieran algo que hacer y dijo:
—Toda esta velada ha sido un conjunto de interesantes acontecimientos,
señor, desde el momento en que supimos que había
convencido a la pobre Emily para que se escapara con usted hasta
que su joven galán lo golpeó.
Rochdale sonrió y señaló el creciente cardenal que tenía bajo un ojo.
—Sus delicados cuidados han ayudado a aplacar mi orgullo herido.
Pero déjeme decir en mi defensa, señora, que fui yo a quien convencieron,
no la señorita Thirkill. Todo fue idea de esa pequeña arpía.
—Y me atrevo a decir que en ningún momento se le pasó por la cabeza
disuadirla, a pesar de que probablemente ella no tuviera idea alguna de
lo que estaba haciendo.
—Es una joven hermosa. ¿Qué hombre se habría resistido a tan
tentadora oferta, a ser el instrumento de su ruina?
—No usted, claro está.
Emily Thirkill, una testaruda joven de diecisiete años, era la sobrina de
Beatrice, lady Somerfield, una amiga de Grace que había hecho las veces
de carabina de la joven durante la temporada. Cuando descubrieron que
esa maldita muchacha se había fugado con el infame de lord Rochdale,
Grace había acompañado a Beatrice en su busca. Jeremy Burnett, que
estaba enamorado de Emily, también había insistido en ir con ellas, y
había llevado consigo a lord Thayne para que fuera su padrino en caso
de que se produjera un duelo. Gracias a Dios, no se había llegado a eso,
pues habían llegado antes de que la ruina de la joven fuera completa y
lord Thayne había logrado persuadir a su amigo para que renunciara al
duelo por el escándalo que este podría suponer. No obstante, Grace estaba
satisfecha de que el señor Burnett no hubiese permitido que Rochdale
saliera completamente indemne.
Sin embargo, se había sentido incómoda y violenta cuando se había
dejado convencer para que ayudara a Beatrice a curar los cortes y
magulladuras que el señor Burnett había infringido a lord Rochdale.
—Por supuesto que no —dijo—. Cuando una joven bonita me pide
que la lleve conmigo y le haga el amor, por lo general me siento feliz
de poder complacerla. Pero dado que todos ustedes se presentaron
inoportunamente, por así decirlo, no ha habido daños que lamentar.
—Bajó la voz y esbozó una insinuante sonrisa—. Bueno, no aún.
Grace alzó la mirada al cielo y le envió una plegaria en silencio.
¿Cómo iba a tratar con ese hombre tan detestable? Era el tipo de
caballero (si es que tal término pudiera emplearse para describirlo)
que hacía que se sintiera incómoda. Sus ojos azules, que su amiga
Beatrice había llamado «ojos de alcoba», eran demasiado insinuantes; su
cabello oscuro, demasiado largo y desenfadado; su estatura y complexión,
demasiado lánguida en su gracilidad. Ella lo había observado
desde la distancia mientras este coqueteaba y adulaba, arrancando risas,
rubores y miradas de anhelo a otras mujeres. Pero cada vez que posaba
esa mirada evaluadora y pícara en ella, algo que últimamente ocurría
con demasiada frecuencia, siempre sentía deseos de echar a correr y
esconderse.
Sin embargo, exteriorizar la compostura era un acto reflejo de Grace.
Su difunto marido, el gran obispo Marlowe, la había adoctrinado para
que presentara al mundo un rostro sereno e imperturbable. Un hombre
detestable no iba a lograr alterarla.
—No puedo sino alegrarme —dijo mientras daba un paso atrás para
poner más distancia entre los dos— de que pudiéramos arrancarle a
esa pobre muchacha de sus garras, lord Rochdale. Y, por el bien de ella,
confío en que ningún tipo de habladuría indecente acerca de su
persona llegue hasta los clubes.
—No es necesario que me mire de esa manera, mi querida señora
Marlowe. Thayne ya me sacó un juramento al respecto, aunque no
hacía falta ser tan condenadamente prepotente. Pueden decir lo que
quieran de mí, pero no soy una persona que difunda ese tipo de
historias. Lo cierto es que soy la discreción personificada.
Grace resopló con desdén.
—¿De veras? Y yo que pensaba que usted era conocido por corromper
a jóvenes damas para después abandonarlas públicamente.
Lord Rochdale arqueó una ceja.
—Veo que conoce bastante de mis asuntos privados, señora Marlowe.
—Hasta las mujeres respetables oyen historias acerca de sus… aventuras
amorosas, señor mío.
—Una lástima, señora Marlowe. Esperaba que una mujer practicante
e íntegra como usted estaría por encima de todas esas habladurías.
La verdad de aquellas palabras hizo que una leve sensación de calor
subiera hasta sus mejillas.
—Yo no difundo esas habladurías, señor. Pero una no puede evitar
que a sus oídos lleguen tales historias. Estoy convencida de que todas
las madres atentas y vigilantes de Londres las han oído también y han
advertido a sus hijas de su persona.
—¿Tiene hijas, señora Marlowe?
—No.
—Entonces, ¿por qué se preocupa?
Grace abrió la boca para contestar, pero descubrió que no tenía
ninguna respuesta honesta que darle, así que cerró fuertemente los
labios y no dijo nada.
Los labios de Rochdale esbozaron una sonrisa burlona.
—Respecto a las historias que se cuentan sobre mí en toda la ciudad,
ni las sé ni me importan, señora Marlowe. La gente puede decir lo que
quiera sobre mí. Y a menudo lo hacen.
—¿Y qué hay de las damas? ¿No le preocupa que sus nombres se vean
envueltos en especulaciones y escándalos?
Sus ojos azules la miraron con divertido desdén.
—Siempre dejo que una dama decida cuán pública o privada desea que
sea su aventura amorosa, pues a mí no me importa lo más mínimo. Puesto
que la familia de la señorita Thirkill (y, por algún motivo, Thayne) desea
que el breve episodio de esta noche permanezca en secreto, he prometido
no hablar de ello, y no lo haré. Es más, por usted, mi querida señora
Marlowe, estoy dispuesto a dar un paso más, tan solo para demostrarle
lo… lo caballeroso que puedo llegar a ser. Si a mis oídos llega algún
comentario acerca de esta noche, prometo ponerle fin afirmando rotundamente
que esa joven jamás ha estado aquí. Confío en que eso logre
eliminar cualquier temor que albergue.
Grace quedó un tanto desconcertada por tan inesperada promesa. No
estaba preparada para confiar plenamente en él, pero ahora tendría que
tomarle la palabra.
—Gracias, lord Rochdale.
Rochdale extendió la mano y le tocó la frente, justo encima del puente
de la nariz, y Grace se estremeció.
—No ponga ese gesto de perplejidad, querida; arruga su encantador
ceño, demasiado delicado para echarse a perder.
Grace Marlowe dio otro paso atrás, alejándose instintivamente de su
roce y del inoportuno hormigueo que este había dejado en su piel.
Rochdale se rió de su retirada.
—No soy un completo ogro. Al menos no todo el tiempo. Tengo
escrúpulos, uno o dos. Al menos creo que debo tener alguno en
alguna parte, de lo contrario esta noche habría tenido un final muy
diferente.
—Me alegra oírlo, señor —dijo Grace con una voz clara que no dejó
entrever lo perturbador que había resultado su roce—. Si fuera posible,
me gustaría apelar a esos escrúpulos en este momento. Me gustaría
pedirle que me dejara su carruaje para llevarme de nuevo a la ciudad.
Sus oscuras cejas se arquearon fingiendo sorpresa.
—¿Qué? ¿Tan pronto? ¿Cuando por fin estamos solos? No creo
que tenga tanta prisa. Entre dentro, señora Marlowe, y relájese un
poco. Debe permitirme que le ofrezca una copa de brandi, o de jerez
si lo prefiere, para calmar un poco sus nervios tras tan dura noche. Si
lo desea, puedo pedir que preparen una cena fría. Una cena agradable
e íntima junto al fuego, solos nosotros dos.
Grace lo miró con una estudiada arrogancia que por lo general
desalentaba las atenciones que no eran bien recibidas. Pero no esperaba
que fuera a funcionar con Rochdale.
—No, gracias, señor. —Mantuvo un tono terriblemente cortés, aunque
sabía que lo que le estaba sugiriendo era cualquier cosa salvo cortés.
Estaba intentando de manera deliberada que se escandalizara, lo que
parecía divertirle, pero ella no le daría ese placer—. Lo único que necesito
es su carruaje. Ahora mismo, si no le importa.
—Bueno, resulta que sí me importa. Esperaba poder tumbarme
delante del fuego con un bistec en el ojo y un brandi en la mano, y usted
a mi lado para entretenerme. —Suspiró—. Pero veo que está decidida a
marcharse, así que renunciaré al bistec y llevaré una petaca conmigo.
Por fortuna, seguiré teniéndola a mi lado para que me entretenga.
La conocida y famosa compostura de Grace a punto estuvo de decaer.
—¿Disculpe? No quería decir que usted tuviera que…
—Mi querida señora Marlowe, no creería que iba a permitir que viajara
hasta Londres sola. ¿A estas horas de la noche? —Negó con la cabeza e
intentó parecer serio, aunque sus ojos brillaban de malicia—. Nunca me
lo perdonaría si le ocurriera algo en la carretera. Iré con usted.
—No será necesario, señor, se lo aseguro.
—Por supuesto que lo es.
La cabeza comenzó a darle vueltas con perturbadoras visiones de dos
horas de viaje con aquel horrible hombre en el estrecho espacio de un
carruaje. No podría resistirlo.
—No quiero parecer descortés, lord Rochdale, pero preferiría viajar sola.
—Estoy seguro de ello. Pero no será así. Yo también tengo que regresar
a la ciudad, así que lo más conveniente será que viajemos juntos.
—Por favor, señor, yo…
—Si desea regresar a Londres, señora Marlowe, será conmigo a su
lado. Ahora entre dentro y póngase cómoda mientras ordeno al cochero
que prepare el carruaje. Me atrevería a decir que hay incluso tiempo
para una copa de jerez mientras espera.
Grace Marlowe, que rara vez había dejado que el alcohol mojara sus
labios, deseó que la copa fuera bien grande.
Era demasiado bueno como para ser verdad.
Rochdale había hecho (con gran sutilidad) todo lo que estaba en su
mano para irritarla. Era un caso complicado, sin duda. Un reto delicioso.
Llevaba observándola semanas, cercándola cual depredador planea su
ataque. Su serenidad, su autocontrol, se posaban sobre ella de una manera
tan delicada como los rasgos de una elegante ave. Ni un mechón de su
cabello estaba fuera de lugar. Era la imagen perfecta de la calma y la
serenidad. Sin embargo, si se la observaba detenidamente, como él tan a
menudo hacía, minúsculos dejes de confusión, casi invisibles, podían
discernirse bajo tan inmaculado plumaje. Eran esas plumas levemente
desordenadas las que pretendía arrancar con la esperanza de, en última
instancia, quitar todas las demás.
Al contrario de lo que se pensaba, Rochdale no tenía demasiada experiencia
en seducir a mujeres virtuosas. Lo cierto era que se había pasado la
mayor parte de su vida evitándolas. No obstante, suponía que en el fondo
no eran diferentes del resto: manipuladoras, avariciosas, maliciosas. La
diferencia fundamental con una mujer como Grace Marlowe era que su
naturaleza sexual estaría fuertemente reprimida o celosamente guardada.
Requeriría de toda su astucia lograr que la dejara libre, pero, ¿quién mejor
para hacerlo que el gran libertino?
La había estado observando en todas partes y se había asegurado de
que supiera que la estaba observando. Ella fingía ignorarlo, pero
Rochdale podía entrever su desazón por la rigidez de su cuerpo, por el
tono tirante de su voz, por la forma tan obvia en que evitaba mirarlo.
Y especialmente por las miradas furtivas que lanzaba en su dirección
cuando pensaba que él no estaba mirando.
Fijar su atención en ella no le había supuesto ninguna dificultad.
Cuanto más la miraba más se le revelaba su belleza. Puede que fuera el
tipo de gazmoña mojigata que tanto despreciaba, pero resultaba fácil no
dejar de mirarla, con aquel cabello abundante y dorado, y esos ojos grises.
En las circunstancias adecuadas (en un jardín bajo la luz de la luna o en
una habitación iluminada con velas) podía imaginarse como esos rasgos
refinados y aristocráticos se suavizaban, y sospechaba que esa visión
cortaría la respiración.
Y esa era su primera oportunidad real de comenzar a guiarla hasta la
rendición final.
A punto estuvo de caer redondo al suelo cuando la vio aparecer en su
puerta aquella noche junto al resto del equipo de rescate. Cuando ese
crío exaltado lo golpeó y a continuación Thayne lo reprendió, Rochdale
había dado por sentado que la presencia de Grace Marlowe en su casa
de campo iba a ser una oportunidad perdida. Entonces las Parcas le
sonrieron cuando ella se vio obligada a ceder su asiento en el carruaje de
Thayne a la mocosa de Thirkill, quedándose así a solas con él.
Albión, aquel zaino castrado vencedor de numerosas carreras, estaría
en las caballerizas de Rochdale antes de que concluyera el mes.
Al cochero no le hizo gracia que lo despertara de su sueño para realizar
un viaje hasta Londres, pero tampoco pareció demasiado sorprendido.
Estaba acostumbrado a las maneras impredecibles de su patrón.
—Ah, y Jenkins —dijo Rochdale—, tómese su tiempo en enjaezar a los
caballos. No hay por qué darse prisa, ¿entiende a qué me refiero?
Jenkins cogió la moneda que Rochdale le lanzó, se la guardó en el
bolsillo y sonrió.
—Tiene razón, señor. Comprobaré todo dos veces. No queremos que
haya ningún problema a estas horas de la noche.
Rochdale no podía borrar la sonrisa del rostro mientras regresaba a
la casa. Sabía que Grace (siempre pensaba en ella como Grace y no la
señora Marlowe, porque en sus pensamientos siempre la estaba seduciendo)
insistiría en marcharse inmediatamente, y la había provocado
cuando le había dicho que permaneciera con él en su casa para que el
viaje en carruaje pareciera el menor de dos males.
Lo cierto era que todo había salido tal como había esperado, pues
sabía que lograría más progresos en la atmósfera íntima de un
carruaje. Por suerte, había llevado a Twickenham el carruaje que
empleaba en sus viajes, lo que significaba que tendrían que viajar codo
con codo, pues no había asientos contrarios. Y el movimiento del
carruaje sin duda provocaría que sus cuerpos se rozaran. Se aseguraría
de ello. Cabía la posibilidad incluso de que tuviera que agarrarla si
pasaban por encima de algún bache.
Sí, la seducción que Rochdale había estado poniendo discretamente
en marcha durante semanas comenzaría en serio esa noche.
Encontró a Grace en el salón, sentada en una butaca junto al fuego,
con la espalda recta, la viva imagen del riguroso decoro. Todavía le
resultaba fuera de lugar ver a una dama tan respetable y remilgada en
su sala, donde numerosas mujeres menos que respetables habían estado
retozando durante años en fiestas que habían alcanzado una infame
notoriedad por su grado de libertinaje. Si Grace Marlowe tuviera la más
leve idea de lo que había acontecido en esa sala, en su casa, habría salido
corriendo por la puerta principal.
Se había puesto el sombrero y abotonado la pelliza hasta casi la barbilla,
preparada para viajar junto a un conocido sinvergüenza. Lo miró con
una estudiada y fría arrogancia que sin duda buscaba desalentar atenciones
para nada bienvenidas. Pero Rochdale estaba lejos del desaliento.
La estudió durante un largo instante antes de acercarse a ella. Aquella
mirada penetrante la desconcertó, aunque Grace intentó no mostrarlo.
Podía derretir a la mayoría de las mujeres con tan solo una mirada.
Grace Marlowe se derretiría pronto. Su desasosiego se convertiría en
consentimiento, posteriormente en placer y finalmente en rendición.
Sus labios esbozaron una mueca ante ese pensamiento mientras seguía
estudiándola.
Si no fuera tan puritana, se habría sentido atraído por ella. Siempre
había tenido debilidad por las rubias. Todo ese cabello dorado y suave
piel, no obstante, no era lo que definía su belleza. Se debía más a la
perfección de su estructura y proporción. Tenía el tipo de rostro que
carecía de un solo mal ángulo. Podía haber sido tallado en mármol por
Praxíteles de tan exquisitos que eran sus pómulos, su mejilla perfectamente
definida y la línea recta de su nariz. Era un rostro que debía ser
inmortalizado en una moneda o en un camafeo. Noble. Elegante. Casi
demasiado perfecto.
Pero toda comparación posible con el inerte mármol u otro noble
material quedaba hecha trizas por sus ojos. Su rasgo más bonito, al
menos según Rochdale. Eran de un profundo color gris, rodeados en el
borde exterior del iris de un tono azul oscuro. Ojos inteligentes, pero
muy privados. Impenetrables. Si fueran una ventana a su alma, las
contraventanas estarían completamente cerradas. Lo que le confería
un interés añadido, sin embargo, eran sus pestañas y cejas, más oscuras,
un intrigante contraste al color dorado de su pelo. Ese tono añadía
intensidad a su rostro, confiriéndole más profundidad y carácter de lo
que era habitual, según su experiencia, en las mujeres hermosas.
Rochdale estaba seguro de que había más en Grace Marlowe de lo que
uno cabría esperar de la recta, formal e íntegra viuda de un obispo. Sí,
iba a ser una de sus conquistas más interesantes.
La copa de jerez estaba vacía en la mesa que había junto a ella. Aquello fue
una sorpresa. Solo se había ausentado unos minutos. ¿Bebía a escondidas de
forma habitual o tan solo se estaba fortificando para la batalla? En cualquier
modo, las dos opciones beneficiaban a Rochdale.
Casi se echa a reír en voz alta al comprobar como todo parecía encajar tan
perfectamente. Contuvo su expresión conforme fue acercándose a ella.
—Jenkins está preparando el carruaje —dijo y caminó hasta el
aparador—. Permítame que le sirva más jerez mientras esperamos.
—No, gracias. No…
Volvió a llenarle la copa antes de que ella pudiera detenerlo.
—¡Oh! —Miró el jerez como si no estuviera muy segura de qué
hacer con él.
—Yo —dijo él—, prefiero un buen brandi. Un poco para ahora —se
sirvió en un vaso—, y un poco para después.
Se valió de un pequeño embudo para verter el brandi en una petaca
plana de plata. Tras cerrarla bien, se la guardó en un bolsillo interior de
su chaqueta. Cogió el vaso y se colocó delante de Grace.
—Por un agradable viaje. —Sonrió y alzó su vaso. Al ver que ella no
brindaba con él, chasqueó la lengua y dijo—: Mi querida señora Marlowe,
otra copa de jerez no le hará daño. Es más, puede ayudarle a que el viaje
hasta Londres sea menos desagradable para usted.
—¿Cómo? ¿Dejándome inconsciente?
Rochdale se echó a reír.
—Solo es una copa. Dudo mucho que usted perdiera el control. Pero
si por alguna casualidad eso ocurriera, le confieso que nada me gustaría
más que ser testigo de ello.
—Y aun así nunca lo será.
—La esperanza es lo último que se pierde, señora Marlowe.
—Es usted incorregible, señor.
—Eso dicen. —Puesto que no deseaba parecer indeciso, se apartó y
se colocó junto al fuego. Apoyó un brazo sobre la repisa de la
chimenea—. Pero no debe preocuparse. Le prometo que mostraré mis
mejores modales durante el viaje. Entablaremos una cortés conversación
y, para cuando hayamos llegado a Londres, quién sabe, puede que
seamos grandes amigos.
Ella rompió a reír. Fue un sonido intenso, ronco, que lo pilló tan
completamente desprevenido que casi se atraganta con el brandi.
Santo Dios, ¿cómo una mujer puritana y recatada podía tener una risa
así? Sensual y provocativa, aquella risa era el sonido que asociaba a
noches oscuras y sábanas enmarañadas, no a la viuda mojigata de un
obispo.
—Sinceramente, dudo mucho que usted y yo podamos ser amigos,
lord Rochdale. No tengo interés alguno en jugadores o libertinos y sin
duda usted no tiene interés en una buena mujer cristiana como yo.
—Infravalora sus encantos, señora Marlowe. Usted es una mujer
hermosa.
Ella frunció el ceño como si estuviera sorprendida. Entonces cogió la
copa de jerez y le dio otro sorbo. Tras unos instantes, posó aquellos ojos
grises en él y dijo.
—Me confunde, señor. No sé qué decirle. Me resulta difícil comprender
a un hombre de su reputación.
—Y a mí me resulta difícil comprender a una mujer de su reputación.
¿Ve? Después de todo, tenemos algo en común. Quizá podamos tender
un puente temporal entre nosotros durante el largo viaje a Londres.
Puede hablarme de su Fondo de las Viudas Benevolentes y sus otras
obras de caridad, y yo podré contarle —bajó la voz y se inclinó hacia
ella—… lo que usted quiera.
Grace profirió un leve quejido y tomó otro sorbo de jerez.
Todo resultaba más alentador de lo que se había podido imaginar.
Grace no se había desvanecido ante la perspectiva de quedarse a solas en
un carruaje con él. No se había cerrado en banda ni se había negado a
hablar con él. No, había bebido jerez y le había mostrado su desacuerdo.
En definitiva, un buen comienzo.
Rochdale sonrió.

Información proporcionada y propiedad de la editorial La Factoria de Ideas
"Déjate llevar" de Candice Hern 
Déjate llevar de Candice Hern
Título del libro: Déjate llevar
Autor: Candice Hern

ISBN:
9788498007657
Editorial: LA FACTORIA DE IDEAS

Comprar Déjate llevar de Candice Hern en Libreria Romantica NavLan
5% Descuento
VER RESUMEN DEL LIBRO: "Déjate llevar" de Candice Hern

No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

Deja tu comentario


PROMOCIÓN FIDELIDAD CLIENTES LIBRERIA NAVLAN. Regalamos Lote de 3 Libros

PROMOCIÓN FIDELIDAD CLIENTES NOVELA ROMÁNTICA. Novedades ABRIL 2013. Regalamos 4 libros de Novela Romántica